Educación financiera

El retorno del inversor conservador

Si existe una palabra para describir lo que supuso 2022 para el inversor conservador, esa es traumático. Pasar de un mundo de tipos negativos a uno de tipos nominales positivos es un proceso tan importante que no puede realizarse sin pagar un costoso peaje, materializado en forma de cuantiosas pérdidas que difícilmente encajan con ese perfil tan prudente atribuido a esos inversores que no pueden convivir con la volatilidad.

Este hecho se vio agravado porque, en ese mundo de tipos negativos, se había reconducido a este tipo de inversores a unos productos y unos niveles de volatilidad que nunca estuvieron preparados para asumir. Este es uno de los perversos efectos que tiene este entorno de tipos negativos: los ahorradores, muchas veces sin ser conscientes de ello, se convierten en inversores en esa búsqueda de rentabilidad positiva, aunque sea a costa de invertir en plazos y activos que, en situaciones de estrés, pueden tener mucha más volatilidad de la que en un principio pudiera parecer.

No podemos olvidar que a los tipos negativos se llega, entre otras cosas, por la presión constante de las compras del banco central y, evidentemente, esto alteró el normal funcionamiento de los mercados, limitando la volatilidad gracias a la compra continuada de activos. De esta manera, llegamos a la trampa perfecta para el ahorrador; como los niveles de volatilidad eran tan bajos, no pasaba nada por comprar renta fija a largo plazo o, incluso, renta variable, pues de lo que se trataba era de conseguir rentabilidades positivas (en muchos casos, paupérrimas para el nivel de riesgo asumido).

Lo que sucedió después ya es historia: La vuelta de la inflación, el cambio de sesgo de los bancos centrales, el peor año de la renta fija desde que hay registros y el ahorrador preguntándose por qué tiene pérdidas de dígito alto (cuando no de dos dígitos) si él nunca quiso ser inversor.

En este mundo (y mercado) en el que todo se mueve cada vez a más velocidad, el efecto pendular es más acusado que nunca. En poco menos de un año hemos pasado de situarnos en el terreno de tener que pagar por prestar nuestro dinero (una aberración conceptual, se mire como se mire) a unos tipos a corto plazo que empiezan a encender la bombilla en los ahorradores y en los inversores con mayor aversión al riesgo.

El renovado interés por las letras del Tesoro (colas incluidas) es el ejemplo más patente de ello. El ahorrador sabe perfectamente lo que quiere para su dinero y esto no es otra cosa que el menor riesgo posible para obtener la máxima rentabilidad posible (dándole la vuelta al tradicional binomio rentabilidad/riesgo) y, a falta de depósitos bancarios lo suficientemente rentables, las letras del Tesoro aparecen como primera opción para su dinero.

Y está bien. Está bien que el ahorrador sea consciente de la necesidad de rentabilizar sus ahorros, que tenga el criterio de buscar alternativas al tradicional depósito bancario, que ha sido durante tanto tiempo el refugio de los ahorradores españoles, y que sea consciente de que en un entorno de inflación alta hay que pelear contra el nocivo efecto que esta tiene sobre nuestro dinero. Un 3% de rentabilidad en la letra del Tesoro no batirá el 4,3% de inflación esperada para 2023, pero, por lo menos, ofrecerá un buen combate.

Ahora bien, en esa búsqueda de alternativas al depósito, la mejor opción hay que buscarla en los buenos fondos monetarios y de renta fija ultracorto plazo. Desde que se instauraron los tipos negativos, allá por principios de 2016, los fondos monetarios han tenido poco margen de actuación. Los mejores pudieron adaptarse a ese escenario mediante una gestión activa y fueron capaces de obtener rentabilidades positivas durante un buen número de años en este período. Curiosamente, o no, son los mismos fondos que pudieron capear el peor año de renta fija de la historia con pérdidas inferiores al 1%.

Ahora, la situación ha cambiado diametralmente para estos fondos. Hace un año, construir carteras conservadoras con inversiones de buena calidad, con rentabilidades positivas y en plazos inferiores a un año, resultaba complicado por la falta de alternativas. En febrero de 2023, es posible encontrar multitud de opciones para construir una cartera conservadora, con duraciones inferiores a doce meses y buena calidad crediticia, superando a la rentabilidad ofrecida por las letras del Tesoro, y con el añadido de las ventajas (fiscales, liquidez y diversificación) que un fondo tiene frente a un activo como las Letras. De esta manera, estos fondos conservadores vuelven a ser una alternativa más allá de las letras o los depósitos para este tipo de inversor.

Intentar predecir el futuro no suele servir de mucho, pero todo apunta a que la inflación, en mayor o menor medida, permanecerá un tiempo con nosotros y eso no tiene por qué ser mala noticia (a no ser que hablemos de niveles extremos), sino que será la constatación de que hemos vuelto a la normalidad y que el ahorrador vuelve a ser lo que siempre ha sido y no otra cosa, para la que no está preparado, y ni tiene ganas de ello.

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